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“¿Por qué los americanos rechazan la reforma del sistema de salud?” Esta pregunta me rondaba la cabeza hace tiempo. Elvira Lindo trata de responderse a sí misma en este artículo publicado en ElPais el 18/10/09: “el adoctrinamiento individualista que los americanos reciben desde niños les lleva a pensar que buscar protección es indigno, vergonzoso: si lo piensan en relación con el amparo que pueden proporcionar los padres, cómo no lo van a pensar del Estado. Prefieren la caridad, que es algo que depende de la voluntad individual, a la justicia social a través de los impuestos. Un pobre, me dice un amigo americano, piensa que el Estado quiere arrebatarle el poco dinero que tiene para que le pague a otro pobre las medicinas.”

Jorge Soley Climent (1) también intenta entender este rechazo: “A la mayoría de los españoles les asombra que pueda haber quien se oponga a la iniciativa del presidente Barack Obama y se imagina a los estadounidenses como un pueblo de egoístas insolidarios que no se preocupan por la suerte de sus conciudadanos enfermos, dejados a su suerte sin cobertura médica estatal. Se aprovecha entonces para hablar de un capitalismo salvaje, de un darwinismo social, que deja en la cuneta a los más débiles sin el menor rubor. Porque, ¿quién en su sano juicio se puede oponer a dar asistencia médica a los más desfavorecidos? En buena lógica, quienes se oponen a los planes de Obama, conservadores la mayoría para más inri, no pueden sino ser unos crueles egoístas. Esta imagen, tan extendida, se fundamenta, a mi parecer, en el desconocimiento [del sistema sanitario], por una parte, y en el prejuicio por otra”…

Pero… “esos crueles individualistas son los que más dinero destinan a obras de caridad, a iniciativas sociales y culturales, a organizaciones no gubernamentales de todo tipo, de todo el mundo. Curioso, ¿no? Pero además, forman una sociedad envidiada por lo que de vitalidad asociativa tiene, desde las comunidades locales, pasando por las vibrantes parroquias, hasta la movilización social para algunos temas de calado como la lucha contra el aborto o la tan manida campaña presidencial de Obama. ¿Cómo se entiende que una sociedad tan dinámica y con tanta vida asociativa se muestre tan reacia a aceptar el plan de Obama de tener una Seguridad Social universal a la europea? A lo mejor resulta que la vida asociativa y comunal es tan intensa precisamente por las mismas razones que les llevan a luchar contra el “Obamacare”. A lo mejor la intromisión del Estado en la vida de las personas es una tendencia siempre expansiva que acaba por secar la vida asociativa, como ha sucedido en Europa. A lo mejor, el estado paternalista que elimina la libertad de elección nos va haciendo cada vez más dependientes e infantiles y los norteamericanos, conscientes de este peligro, luchan por frenar este peligro. Es lo que, en pocas palabras, expresaba el lema de una campaña contraria al plan Obama, al que acusan de significar “menos libertad y más impuestos”.”

Jeffrey Harris (2), ahonda en este tema en el último Boletin de  la Asociación de Economía de la Salud: “los estadounidenses se ven curiosamente ansiosos por la posibilidad de efectuar un cambio radical, como si la población entera sufriera de un caso severo colectivo de aversión al riesgo. En asambleas comunitarias por todo el país, las personas corrientes se paran y preguntan en voz alta ¿Es posible que la reforma sanitaria – la llamada ObamaCare – sea aun peor que lo que tenemos ahora? Según muchos comentaristas, la población americana está sucumbiendo a las acusaciones flagrantemente falsas de la derecha. Al fin y al cabo, los estadounidenses se han dado cuenta de que su sistema sanitario padece de tantas distorsiones interconectadas que medidas adicionales y en el margen no servirían para nada”.

La población norteamericana asiste, por tanto, con ansiedad a los intensos debates sobre el llamado ObamaCare, que ha llegado a dividir a los demócratas. La cuestión se torna cada vez más política. Como siempre, al final resulta una cuestión de votos. Como afirmó Paul Krugman, premio Nobel de Economía y columnista del diario The New York Times, “la opción pública se ha convertido no tanto en un símbolo sino en una señal, en una prueba para ver si Obama es realmente el progresista al que los activistas creyeron estar respaldando”.

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Alex Grey

(1) Jorge Soley Climent. American Review.Para entender la oposición al “Obamacare”.13 de Septiembre de 2009

(2) Jeffrey Harris. La Reforma Sanitaria Americana Desde el Ojo de la Tormenta. Boletin AES, mes de septiembre, 2009. Profesor de economía del Massachusetts Institute of Technology en Cambridge, Massachusetts, y médico de atención primaria del Blackstone Valley Community Health Care en Pawtucket, Rhode Island.

Robert J. Samuelson escribe en el Washington Post el artículo: Health-Care Realism:

“Al menos que usted haya estado viviendo en el Himalaya, sabrá que un gran número de americanos (46 millones el pasado año) carecen de seguro sanitario. Para la mayoría, esto es una deshonra moral. En la Convención Demócrata Nacional, el senador Ted Kennedy se hizo eco de muchos al decir que la atención sanitaria es un “derecho” que demanda el aseguramiento universal. Esta opinión completamente comprensible es, creo, enteramente equivocada. Tomen nota, Barack Obama y John McCain.

El problema central de la atención sanitaria no es mejorar la cobertura. Es controlar los costes. (…) Incontables estudios han mostrado que muchos recursos técnicos, enfermeros y médicos son inefectivos o innecesarios. Los gastos en la mejor atención sanitaria sacrifican otras necesidades. Para el gobierno, los más altos costes en salud amenazan otros programas -escuelas, carreteras, defensa, investigación- y aumenta la presión de los impuestos. Para los trabajadores, los incrementos en los seguros bajan los suelos netos ya que las empresas dedican más dinero a esta cobertura. (…)

Hay un dilema básico que la mayoría de los americanos se niegan a admitir. Lo que queremos para nosotros y nuestras familias -acceso ilimitado a la atención pagado por alguien- puede ser ruinoso para nosotros como sociedad. La necesidad urgente no es asegurar a todos los no asegurados. Esto podría ser caro -123.000 millones de dólares al año, estima el estudio Kaiser- y no supondría ganancias en salud: dos quintos de los asegurados son jóvenes (19 a 34) y relativamente sanos.

Los programas de salud de McCain y Obama, ambos impracticables o indeseables, ignoran problemas del Medicare, donde según algunos estudios, el 30 por ciento de su gasto se dedica a servicios innecesarios. Medicare es tan grande que, cambiando como funciona, el gobierno puede reformar todo el sistema de atención sanitaria. Esto requeriría cambios para fomentar más registros electrónicos, mejorar la gestión de casos, disminuir técnicas y procedimientos discutibles, y repartir mejor los costes entre los jóvenes y los mayores. El trabajo sería desagradable y probablemente impopular. Pero si el próximo presidente no puede hacerlo, su presidencia fracasará.”

Arnold Kling, comenta en su blog este artículo:

“Si tuviera que ponerlo en un slogan, sería Necesitamos menos. En atención sanitaria, la necesidad es recortar el gasto. En educación, la necesidad es reducir el número de estudiantes que, innecesaria o inutilmente, entraron a los colegios. En política de vivienda, la necesidad es reducir el inventario de viviendas desocupadas y reducir la extensión de los préstamos indebidos.

El problema es que hay coaliciones de contrabandistas y baptistas (*) tirando en dirección contraria. Los contrabandistas son los médicos, administradores de colegios, constructores y aseguradoras de préstamos que quieren que el gobierno subsidie la demanda de sus servicios.  Los baptistas son esas “buenas personas” cuyas causas son la salud universal, la educación más elevada y la vivienda asequible. Cuando los baptistas son capaces de hacerte participar involuntariamente con tu dinero para apoyar sus causas, los ganadores son los contrabandistas.”

(*) Aclaro este concepto: Para describir a las coaliciones políticas aparentemente improbables, el economista Bruce Yandle acuñó el término “Baptistas y contrabandistas”. Los primeros pidieron la prohibición del alcohol, convencidos de  que el consumo de alcohol era inmoral, especialmente el domingo (día del Señor). Los segundos apoyaban la prohibición debido a que esta eliminaba la competencia. Cuando se prohibió la venta, la demanda de alcohol no desapareció. Los contrabandistas ganaron así un mercado en régimen de monopolio. El caso de la intervención pública regulando la prohibición de la venta de alcohol, ilustra también una gran ironía acerca de la relación entre las empresas y el mercado libre. Milton Friedman destacó alguna vez que parecería que todos los hombres de negocios apoyan los mercados libres en todas las áreas excepto la suya propia, la cual naturalmente requiere de la intervención, la reglamentación y el subsidio.

Cuando se habla de salud, la regulación me parece necesaria. En Estados Unidos, la competencia manda, la libertad es la ley, las propuestas de regulación suenan a que habrá unos pocos que se aprovecharán, por lo que surgen las voces pidiendo “que cada uno se pague la atención sanitaria que desee”, eso sí, la intervención en la economía americana por los rescates de Bear Stearns y las hipotecarias Freddie Mac y Fannie Mae suponen un coste de 230.000 millones de dólares. Muchos ciudadanos (46 millones) piden atención sanitaria. A mí no me parecen baptistas.