“El joven conoce las reglas, el viejo conoce también las excepciones.”
Oliver Wendell Holmes

Esta frase me la trajo a la mente alguien que piensa que ya se encuentra en posesión de la sabiduria sin darse cuenta de que no ha tenido tiempo todavía de madurar en la vida real. La edad, la experiencia, nos aparta del dogmatismo abriéndonos la mente al maravilloso mundo de las dudas, las excepciones y los matices. Schopenhauer nos dejó un pensamiento al respecto: “Los primeros cuarenta años de vida nos dan el texto, los treinta siguientes, el comentario”. Es decir, que “en la juventud aprendemos, en la vejez entendemos” (Eschenbach).

La vida está llena de experiencias, buenas y malas.

Arnoldo Kraus, médico y escritor mejicano escribe: Si bien parar el tiempo es imposible, no lo es mirarlo, hablarle, tocarlo y pensarlo a partir de esa bella y en ocasiones intransitable palabra llamada experiencia. Si dejamos al lado las definiciones de los diccionarios, el término experiencia reúne adjetivos como bueno, útil, malo, feo o sabiduría. Tener experiencia le permite, a quien la posee o cree tenerla, afirmar que sabe muchas cosas, que ha visto otras tantas, y que es dueño de no pocas verdades. Frases como “el tiempo me dará la razón”, “no uses esa opción pues seguro te equivocarás” o bien, cuando no hay ni explicación ni defensa posible, parafrasear a los filósofos más depurados citando una de las máximas de la literatura de las abuelas, siempre es buen resguardo para reafirmar que se cuenta con experiencia. Me refiero, por supuesto, a la multicitada idea que asegura que “más sabe el diablo por viejo que por diablo”.
Y es cierto, el viejo sabe porque el tiempo, ni miente, ni perdona, ni inventa. El viejo comprende mejor porque vejez es sinónimo de experiencia y porque los años transcurridos suelen ser, cuando se aprovechan, árboles bienhechores cuya sombra es la sombra de muchas sombras: la del tiempo, la de las lecturas, la de los amigos, la de los nacimientos, la de las muertes y la de uno mismo. La de uno mismo, como lector de lo que ve y como escritor de lo que no ve, pero que sabe que existe y que es importante. La sombra que nos regresa al presente tras reflexionar en el legado de las experiencias extraviadas en otros tiempos y escritas en otros cuadernos. La sombra de uno mismo como parte de las miradas de los otros, de lo imaginado, de lo narrado, de lo compartido. La sombra que le devuelve a la persona algunas de las porciones olvidadas de su ser cuando escucha lo que dicen las entrañas de otra persona, o la que se experimenta al estar sentado en las sillas de la vida…
Tennyson solía decir que la experiencia es un arco a través del cual siempre viajamos.

Bajo ese arco caminamos todos. Pero que nadie malinterprete el significado de la sabiduría. No se trata de un concepto técnico, medible. Se trata de “saber que no se sabe”.  Ya dijo Strindberg que: “Cuando se tienen veinte años, se cree haber resuelto el enigma del mundo; a los treinta se empieza a reflexionar sobre él, y a los cuarenta se descubre que es insoluble.”