Robert J. Samuelson escribe en el Washington Post el artículo: Health-Care Realism:

“Al menos que usted haya estado viviendo en el Himalaya, sabrá que un gran número de americanos (46 millones el pasado año) carecen de seguro sanitario. Para la mayoría, esto es una deshonra moral. En la Convención Demócrata Nacional, el senador Ted Kennedy se hizo eco de muchos al decir que la atención sanitaria es un “derecho” que demanda el aseguramiento universal. Esta opinión completamente comprensible es, creo, enteramente equivocada. Tomen nota, Barack Obama y John McCain.

El problema central de la atención sanitaria no es mejorar la cobertura. Es controlar los costes. (…) Incontables estudios han mostrado que muchos recursos técnicos, enfermeros y médicos son inefectivos o innecesarios. Los gastos en la mejor atención sanitaria sacrifican otras necesidades. Para el gobierno, los más altos costes en salud amenazan otros programas -escuelas, carreteras, defensa, investigación- y aumenta la presión de los impuestos. Para los trabajadores, los incrementos en los seguros bajan los suelos netos ya que las empresas dedican más dinero a esta cobertura. (…)

Hay un dilema básico que la mayoría de los americanos se niegan a admitir. Lo que queremos para nosotros y nuestras familias -acceso ilimitado a la atención pagado por alguien- puede ser ruinoso para nosotros como sociedad. La necesidad urgente no es asegurar a todos los no asegurados. Esto podría ser caro -123.000 millones de dólares al año, estima el estudio Kaiser- y no supondría ganancias en salud: dos quintos de los asegurados son jóvenes (19 a 34) y relativamente sanos.

Los programas de salud de McCain y Obama, ambos impracticables o indeseables, ignoran problemas del Medicare, donde según algunos estudios, el 30 por ciento de su gasto se dedica a servicios innecesarios. Medicare es tan grande que, cambiando como funciona, el gobierno puede reformar todo el sistema de atención sanitaria. Esto requeriría cambios para fomentar más registros electrónicos, mejorar la gestión de casos, disminuir técnicas y procedimientos discutibles, y repartir mejor los costes entre los jóvenes y los mayores. El trabajo sería desagradable y probablemente impopular. Pero si el próximo presidente no puede hacerlo, su presidencia fracasará.”

Arnold Kling, comenta en su blog este artículo:

“Si tuviera que ponerlo en un slogan, sería Necesitamos menos. En atención sanitaria, la necesidad es recortar el gasto. En educación, la necesidad es reducir el número de estudiantes que, innecesaria o inutilmente, entraron a los colegios. En política de vivienda, la necesidad es reducir el inventario de viviendas desocupadas y reducir la extensión de los préstamos indebidos.

El problema es que hay coaliciones de contrabandistas y baptistas (*) tirando en dirección contraria. Los contrabandistas son los médicos, administradores de colegios, constructores y aseguradoras de préstamos que quieren que el gobierno subsidie la demanda de sus servicios.  Los baptistas son esas “buenas personas” cuyas causas son la salud universal, la educación más elevada y la vivienda asequible. Cuando los baptistas son capaces de hacerte participar involuntariamente con tu dinero para apoyar sus causas, los ganadores son los contrabandistas.”

(*) Aclaro este concepto: Para describir a las coaliciones políticas aparentemente improbables, el economista Bruce Yandle acuñó el término “Baptistas y contrabandistas”. Los primeros pidieron la prohibición del alcohol, convencidos de  que el consumo de alcohol era inmoral, especialmente el domingo (día del Señor). Los segundos apoyaban la prohibición debido a que esta eliminaba la competencia. Cuando se prohibió la venta, la demanda de alcohol no desapareció. Los contrabandistas ganaron así un mercado en régimen de monopolio. El caso de la intervención pública regulando la prohibición de la venta de alcohol, ilustra también una gran ironía acerca de la relación entre las empresas y el mercado libre. Milton Friedman destacó alguna vez que parecería que todos los hombres de negocios apoyan los mercados libres en todas las áreas excepto la suya propia, la cual naturalmente requiere de la intervención, la reglamentación y el subsidio.

Cuando se habla de salud, la regulación me parece necesaria. En Estados Unidos, la competencia manda, la libertad es la ley, las propuestas de regulación suenan a que habrá unos pocos que se aprovecharán, por lo que surgen las voces pidiendo “que cada uno se pague la atención sanitaria que desee”, eso sí, la intervención en la economía americana por los rescates de Bear Stearns y las hipotecarias Freddie Mac y Fannie Mae suponen un coste de 230.000 millones de dólares. Muchos ciudadanos (46 millones) piden atención sanitaria. A mí no me parecen baptistas.

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